


El océano abruma y sobrecoge.

El viento, con sus fuertes ráfagas te empuja hacia adelante. Oyes su enorme rugido a tu espalda. El estruendo de las olas contra las rocas y una imponente espuma alzándose sobre las mismas aguas te recuerda otra vez la insignificancia del ser humano, su enorme pequeñez.
Duele la ausencia de gaviotas amigas sobrevolando por encima de nuestras cabezas, planeando en las ráfagas de un aire no violento.
Duele la ausencia de gaviotas amigas sobrevolando por encima de nuestras cabezas, planeando en las ráfagas de un aire no violento.
Baten las olas salvajes, llenas de ira contra las estructuras del faro que se yergue firme sobre las rocas que se asoman al mar.
De noche el faro, fiel vigía de mirada intermitente, impone su presencia. En su interior: el farero.
Pocas figuras producen tanta fascinación como la del farero, personaje solitario y curtido que vive rodeado de mar. Como llenar la soledad! allí frente al mar, soportando al viento y a la lluvia, a la noche y al día, a los fantasmas del silencio, de la tormenta y de la niebla.
Aprende uno a hablar solo en medio de ese paisaje. Decía Machado, que quien habla solo espera algún día hablarle a Dios. Será Él el Gran Interlocutor, pues hoy en día nadie escucha. Estamos inmersos en verdaderos diálogos de sordos. La prisa absurda ha matado el diálogo en la calle y ha sido sustituido por un monólogo mediático.
Mientras, el Gran Interlocutor, sigue esperando nuestra palabra.
De noche el faro, fiel vigía de mirada intermitente, impone su presencia. En su interior: el farero.
Pocas figuras producen tanta fascinación como la del farero, personaje solitario y curtido que vive rodeado de mar. Como llenar la soledad! allí frente al mar, soportando al viento y a la lluvia, a la noche y al día, a los fantasmas del silencio, de la tormenta y de la niebla.
Aprende uno a hablar solo en medio de ese paisaje. Decía Machado, que quien habla solo espera algún día hablarle a Dios. Será Él el Gran Interlocutor, pues hoy en día nadie escucha. Estamos inmersos en verdaderos diálogos de sordos. La prisa absurda ha matado el diálogo en la calle y ha sido sustituido por un monólogo mediático.
Mientras, el Gran Interlocutor, sigue esperando nuestra palabra.