Después del otoño y, ya pasando Enero, en pleno corazón del invierno aparece, en Galicia, la primera flor: LA MIMOSA.
Esa lluvia de oro que inunda con su aroma orillas, laderas y caminos de bosques.
Simplemente, es un estallar de luz. Es un inundar de aroma. Es la belleza de un árbol que se ha mantenido hasta el momento casi desgarbado y que ha pasado desapercibido durante el resto de los meses del año.
Ah! pero con el andar de los primeros meses, según la zona, y como un nuevo amanecer en un día claro, despliega toda su belleza con una delicadeza insuperable por ninguna otra flor.
Igual que la xesta, esa retama tan querida por los gallegos, también de porte desgarbado como una adolescente que promete una belleza extraordinaria en su madurez, también, como ella, tímida, se repliega sobre sí misma cuando siente la proximidad de algo o de alguien apenas la rozas.
Se le conoce como mimosa o sensitiva, debido al modo en que mueve su follaje al ser tocada o expuesta al calor, incluso también lo hace al atardecer.
Al tocar mínimamente sus hojas, estas se cierran inmediatamente y sus tallos menores caen por el peso de las mismas. Este mecanismo de contracción cumple dos objetivos: en primer lugar, simular ser una planta mustia es ideal para protegerse de cualquier posible predador. y en segundo lugar sirve para no perder una cantidad excesiva de agua durante el calor del verano e incluso para resguardarse del viento al reducir la superficie.
Símbolo de la elegancia, la ternura y la sensibilidad.
Todavía no ha entrado la primavera, la primavera que induce el despertar de la tierra, ella anuncia que no tardará en llegar, y Galicia nos recibe en una mar de mimosas amarillas, que te siguen en caminos y senderos haciéndote un pasillo de aroma dulzón, amable e inesperado.
Llegaron a esta tierra a mediados del Siglo XIX desde Australia y agradecida a ella se ha ido extendiendo colonizando montes y laderas.
Para quien viaja, las mimosas constituyen un recibimiento real, dándole una bienvenida olorosa y visual insuperable.
Un espectáculo que nos puede transportar a la infancia más dulce, uno de esos pequeños milagros de la naturaleza que evoca tardes de lluvia y fragancia de leña que se quema en el hogar.
En las últimas décadas, en Galicia, se extendió el uso de la palabra "panxoliña" para hacer referencia a esas canciones de Navidad que aluden al nacimiento de Jesús o a la visita de los Magos. Se trata de un término relativamente reciente.
No son lo mismo que los villancicos. Estos son piezas en lengua vulgar que se cantan en las iglesias, con textos populares o temas de autor y que se usan en la liturgia de las fiestas principales en general.
Las "panxoliñas" al contrario, son canciones populares cantadas por el pueblo, en grupo o individualmente ante el Belén o en la fiesta de Navidad.
Se sabe de su existencia desde el siglo XV aunque no ha llegado ningún documento que explique sus características, solo referencias de como se organizan los vecinos para ir a cantar al niño Jesús.
Estas manifestaciones culturales y lúdicas, no eran exclusivas de Navidad también era costumbre cantar los Año Nuevos, los Cantos de Reyes o los "Manueles" En las parroquias donde estas celebraciones de Navidad coincidían con los santos patronos, se añadían las danzas que también era una buena excusa para acudir casa por casa a "reclamar" el aguinaldo.
Aunque se tiene constancia de su existencia desde el siglo XV, las piezas que se tocan son adaptaciones de autores contemporáneos, ideales para rememorar todos esos momentos vinculados con la Navidad: la familia reunida, el intercambio de regalos, las sonrisas, las risas...
El alalá es un canto, un canto antiguo y característico de la música tradicional gallega. Algunas fuentes lo sitúan en tiempos lejanos, en el mismo origen de Galicia y los consideran como el canto mas representativo de la identidad y el alma gallega.
En los Alalás, el canto es originalmente a "capella" es decir, interpretado por la voz humana sin acompañamiento instrumental que ha sido conservado durante siglos en la tradición gallega antes de ser rescatado del olvido por poetas y músicos de la edad romántica.
Los Alalás, son sin duda, cantos muy representativos de la identidad gallega pero que guardan similitudes con otros cantos de raíz de culturas cercanas, y la idea de que se trata de cantos de origen celta es una idea que hoy carece de fundamento antropológico y cultural ya que comparten elementos comunes con otros cantos arrítmicos, y no precisamente los de Irlanda y Escocia sino de territorios peninsulares con los que comparten influencias prerromanas, grecorromanas, germánicas, árabes o europeas, llegadas a través de la vía Jacobea.
No está lejos en el tiempo los duros veranos de siega, en que todos los años, cuando el trigo estaba maduro, llegaban a las dos Castillas hombres de Galicia, de Extremadura, de Cuenca, de las tierra altas de Andalucía, en una emigración temporal y necesaria, vieja como las tradiciones de la tierra, que se repetiría cada año puntualmente.
El trigo era mucho y los brazos pocos, y por ello las gentes de tierras de pastos, olivos, donde la labor en el estío era escasa, venían a la inmensa llanura castellana. Hombres, mujeres y chicos, venían en viaje de ida y vuelta por la meseta bajo el cielo azul y el intenso sol estival, formando cuadrillas de segadores que cumplían un rito antiguo de trabajo y camino que hermanaban a las gentes de las y tierras de España.
Para los campesinos gallegos ésta era una antiquísima costumbre que bien pudo alimentar intercambios culturales populares, segadores de castilla, esclavos de sol a sol.
Pero si la música tradicional puede expresar la naturaleza de un pueblo, no hay duda que los alalás, junto con la gaita, representa la identidad gallega.
Feijoo dice que : "nuestro cancionero es el único libro donde las almas gallegas aprenden a leer sus propios sentimientos, sus propias emociones."
Puede ser una canción de cuna, el lamento de un emigrante, la canción de un campesino, la pobreza de la sociedad rural gallega, y por encima de todo la expresión de la morriña, tan característica, del alma gallega.
El alalá, se transformó después en otros cantos como el de ciego, los cantos de oficio y de profesión, pero sobre todo, en los cantos de arriero, individuos que vivían la soledad de los caminos.
Llueve y la lluvia golpea los cristales con fuerza, llamando como para que le abran la puerta. La oscuridad no hace nada que ha invadido el valle y ha atrapado al sueño en su propio silencio y, afuera, se oye un lamento colarse entre las abiertas heridas de la casa vieja.
Los faroles parpadean asustados ante la naturaleza que reclama y a gritos viene a realizar su penoso trabajo.
Es la danza del invierno que llama, que llega y despierta con rudeza la naturaleza haciendo que toda ella se agite.
Ruge, ruge cuando viene bajando el sendero azotando todo lo que encuentra a su paso. Las hojas mojadas por la lluvia que descansaban al fin para fertilizar la tierra, se ven arremolinadas y asustadas en un rincón del camino no sabiendo muy bien hacia donde dirigirse. Se sabe fuerte, poderoso: es arrogante, es orgulloso. Es el rey. Ante él, todas las fuerzas de la naturaleza se inclinan, mientras pasa arrogante y adusto por entre valles y mares, por entre pueblos y ciudades y todos ante él, ante su poder y su fuerza se esconden en sus casas, temerosos, esperando que abandone el lugar.
Cuando hay temporal, el mar se agita levantando inmensas olas y, en el valle, los eucaliptos danzan al oír el silbido del viento. Se doblan, se descarnan, se desnudan de sus ramas heladas de invierno, mudan su corteza que el viento arranca a mordiscos mientras la lluvia arrecia sin piedad.
SIN EMBARGO
"La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje."
Federico García Lorca
Hay una lluvia violenta; también una lluvia mansa y dulce que penetra sin lastimar la tierra, una lluvia que no se siente hasta que alcanza el ser más profundo de las cosas, una lluvia menuda que danzando se la lleva el viento.
Orballo es melancolía, es agua leve y persistente. Si es más fina se llama "poalla", como polvo de agua, pero también puede llover a "caldeiros." Eso es mucho, muchísimo.
La morriña es como lasaudadey aunque se diga en diminutivo esconde una melancolía atroz. Morriña por la vida en la aldea, por los afectos, por el paisaje gallego de montañas suaves, por la dulzura del idioma, por el sonido de la gaita, por el orballo si no aparece, o por el contrario si aparece el orballo.
Da intimidad y silencio a las almas.
Abajo, en el valle, la niebla otorga al bosque la virtud de un silencio extremo y lo sepulta en capas de tiempo, mientras en las cimas de los montes, el día está luminoso y fresco.
Los mirlos y las pegas, levantan el vuelo a nuestro lado mientras la niebla sigue envolviéndolo todo, llenándolo de misterio.
Se acerca el final de 2021. Un año, sin duda, difícil. Los meses de grandes lunas con nombres llamativos han quedado atrás. En Junio fue la luna de Fresa, la de Trueno llegó en julio, la Azul apareció en Agosto y en septiembre apareció la luna de la Cosecha.
La Reina del Cielo. La última luna del año, la llamada luna fría. Luna llena de largas noches.
Como en algunos pueblos yo también cuento a la luna alegrías y tristezas
Es el ojo de la noche, que ve todo lo que sucede en una etapa del día considerada prohibida. Tiene un papel regulador de las mareas, las lluvias, las aguas, las inundaciones y estaciones, por lo que se convierte en la mediadora entre el cielo y la tierra.
Las fases de nacimiento y muerte de la luna simbolizan la inmortalidad y la eternidad, la renovación perpetua.
La luna llena significa plenitud, poder espiritual.
El cuarto menguante representa el aspecto siniestro y demoníaco mientras que el cuarto creciente representa la luz, el crecimiento y la regeneración. Los tres días que la luna no está visible representa el descenso del dios al mundo subterráneo del que emerge.
El fenómeno de las mareas, intentó ser explicado desde tiempos antiguos; algunos lo atribuían al sol, el cual hacia mover y rotar los vientos.
Platón creía que eran producidas por un animal que habitaba en una caverna.
Isaac Newton fue el primer científico que explicó que las mareas son el resultado de la atracción gravitatoria que la luna ejerce sobre la tierra.
Los marineros creían que la luna no solo afectaba las mareas, si no también al cerebro de algunas personas y también a los ojos, produciendo una ceguera temporal en aquellos navegantes que se quedaban dormidos exponiéndose a sus rayos.
Ambos, la luna y el sol juntos representan la perfección, el matrimonio sagrado entre el cielo y la tierra. el rey y la reina, el oro y la plata.
En un rincón enmudecen
cartas viejas, sobres viejos
con el color de la edad
sobre la escritura puesto.
Allí perecen las cartas,
llenas de estremecimientos.
Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes
de los amores de luego.
Miguel Hernández
Ya, apenas se ven; eran amarillos, regordetes, depositarios de ilusiones, temores, deseos y noticias. Presiento que sus bocas se abren cada vez menos.
En mi caja de cartas aún late la vida. Hay cartas de cuando los amigos nos escribíamos. Ahora, tienen la edad de su tiempo y las ha puesto amarillas.
¡Qué bonito era recibir una carta!, qué emoción rasgar el sobre y leer!; nos asaltaba el impulso de contar y manifestar nuestros afectos, nuestros recuerdos y hasta nuestras desgracias a través de aquellas cuartillas que llenábamos de palabras, para releerlas después, luego doblarlas y guardarlas donde siempre : con las otras.
Ahora, los que entonces escribíamos, sentimos nostalgia del hecho mismo de rasgar un sobre, de desdoblar el papel con parsimonia, o con nervios o con torpeza, pero la nostalgia ya no es lo que era, porque antes el amor tenía su misterio.
Antes escribíamos cartas y esperábamos con ansia la respuesta que había de traernos el cartero.
Han pasado muchos años desde que dejamos de escribir cartas a mano. Era todo un arte y alrededor de una carta personal siempre había un ritual.
No hace tanto tiempo, almacenábamos nuestra memoria y la familiar en álbumes fotográficos y también en cartas. Recuerdos de lo que habíamos vivido y también recuerdos de las personas que amamos, todos ellos guardados con cariño en trozos de papel.
¿ Como vamos ahora atesorar nuestros amores cuando el paso del tiempo nos borre la memoria o nos engañe con cosas que no sucedieron, con historias truncadas, con nombres difusos?.
Los llamativos buzones de Correos languidecen por las calles y plazas de las ciudades, sin poder presumir de su espléndido pasado cuando se multiplicaban por las esquinas. Presiento que sus bocas se abren cada vez menos.
En cada piedra un suspiro, en cada piedra un pecado, en cada piedra un sueño, en cada piedra un dolor...
Y en cada gota de lluvia un llanto, un sollozo apenas audible, un recuerdo amable imperecedero, a pesar del tiempo y de esa lluvia que cae sin desaliento día tras día. Y es que volver a Compostela es como volver a casa, es como volver a hablar con el alma que un día soñó una promesa.
Se oye el eco fiel de una campana de la Catedral, grave, fuerte, que va rebotando en las piedras, besándolas; esas piedras que forman la mágica atmósfera de esta ciudad como en ninguna otra.
Me gusta la luz amarillenta de sus farolas, sus reflejos en los charcos, esos que se han ido formando con las pisadas del tiempo.
Oigo la vida detrás de mí y, mientras recorro los senderos del recuerdo oigo su murmullo, sus versos, su canción. Y me acerco... Solo se oyen mis pisadas en la noche, así es como a mí me gusta volver a Compostela. Me acerco al final de mi camino. No se lo que me aguarda, allí, detrás de aquella esquina o bajo aquel soportal. Presiento algo incierto, quizás amenazador en la oscuridad de la noche, pero en lo alto la luna llena ilumina el resto de mi viaje, siempre viva, siempre esperanzadora y poco a poco me va envolviendo la noche con su eterno abrazo. He llegado a casa.